El
éxito educativo depende estrechamente de la aptitud
para manejar el lenguaje de
ideas propio de la educación.
Pierre BourdieuNorma Lilia Díaz Ávila.
Docente de la ENUF Profr. Rafael Ramírez.
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Que
leer y escribir es importante está fuera de toda duda. La lectura y la
escritura se conceptualizan como prácticas sociales porque forman parte de la
trayectoria cultural de las personas, de cómo se han ido relacionado con el
mundo letrado. En la sociedad del conocimiento estas habilidades son
fundamentales para el éxito académico y profesional, por tanto inciden en el
desarrollo cultural, social y económico del país.
En esta nueva realidad globalizada y
globalizante donde la información se transforma y crece exponencialmente, miles
de personas leen y escriben más que nunca; y, paradójicamente, leer y escribir
son actividades poco valoradas por la sociedad. No están de moda.
Es cierto que leemos gran cantidad
de contenidos e información y subimos infinidad de textos en la galaxia
digital. Estamos inmersos en distintas prácticas sociales del lenguaje mediante
el uso del teléfono móvil y el internet por lo que desde el enfoque
comunicativo y funcional debería ser una ventaja para consolidar las
competencias lingüísticas; sin embargo, la tarea de enseñar se torna más
compleja cuando nos damos cuenta que la relación de los estudiantes con el
mundo letrado, en realidad, es deficiente porque tienen problemas para
comprender y transformar en conocimiento la información que reciben a través de
la lectura en determinados contextos, es decir, no han desarrollado su
literacidad. Investigaciones realizadas por organismos internacionales muestran
que los mexicanos leemos en promedio 2.8 libros al año, ocupamos el lugar 107
de los 108 países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo
Económicos (OCDE). Los resultados de pruebas internacionales como PISA (2013),
o las nacionales como EXCALE y ENLACE
(2012) señalan que México cuenta con un gran porcentaje de niños y jóvenes con
problemas de lectura (es igual tanto en contextos privilegiados como en
ambientes con desventajas), quienes aún
cuando tienen la capacidad de decir en voz alta lo que dice un texto y tomar un
dictado, no comprenden lo que leen ni escriben de manera adecuada, en otras
palabras, no han logrado pasar de la alfabetización a la literacidad. De nada
sirve que los estudiantes entren al ciberespacio si no han desarrollado su
cultura escrita, si el mundo letrado es extraño para ellos, si se van a perder
en el caos de recursos imparables que ofrece la red.
A nivel nacional la Secretaría de
Educación Pública (SEP), reconoce la existencia de graves rezagos en el fomento
de la lectura y escritura incluso en los niveles de educación superior, asume
también que la falta de lectura es un problema que amenaza el desarrollo
educativo del país. Las diversas acciones implementadas para mejorar estas
destrezas lingüísticas, muestran que dotar a las escuelas con bibliotecas o
llenar con gran cantidad de textos y materiales impresos las aulas de clase, no
resuelve per se el problema. En
nuestra opinión, además es indispensable establecer estrategias específicas y
contextualizadas dirigidas específicamente a favorecer en cada estudiante el
aprendizaje independiente de la lectura y la escritura, y lo más
importante, poco se podrá incidir si los
profesores no poseen las mismas habilidades que
pretenden desarrollar en los estudiantes.
Algunos opinarán que en el
nivel de educación normal no se debe
perder el tiempo en mejorar la lectura y la escritura porque los estudiantes
que ingresan ya las dominan. Los resultados obtenidos en los exámenes de
CENEVAL y las investigaciones realizadas en nuestro país (Bausela 2002, Guzmán
2006, Cázares 2009, Pacheco 2010, Espinoza 2013, Díaz 2013) indican que en
muchos de los casos las habilidades comunicativas antecedentes a este nivel
educativo no son suficientes para solventar los discursos específicos de las
disciplinas que integran un plan de estudios de nivel superior y que además
resultan ineficientes en la práctica docente, donde leer y escribir sirve para
mucho más que simplemente comunicar.
Definitivamente la lectura
y la escritura académicas son prácticas sociales necesarias en la formación
docente. El reto consiste en lograr no sólo que los normalistas
dominen el lenguaje, implica también facilitarles el desarrollo de su
literacidad y ayudarlos a descubrir las inmensas posibilidades que tienen de
innovar y crear experiencias didácticas contextualizadas, para que sus alumnos
también se integren en la literacidad en
su máxima expresión. Significa mostrarles que todos los profesores somos parte
importante de la solución del problema, y sobre todo, que leer y escribir de forma competente les permitirá consolidar la idoneidad
del profesional de la educación que requiere la sociedad del conocimiento.
En este sentido: ¿Es
posible no hacernos cargo de cómo leen y escriben los estudiantes normalistas
cuando sabemos que se ocuparán de que sus alumnos dominen estas mismas
habilidades?.
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